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miércoles, 23 de octubre de 2013

Tres piadosos egoistas - Jiddu Krishnamurti

El otro día vinieron a verme tres piadosos egoístas. El primero era un sannyasi, un hombre que había renunciado al mundo; el segundo un orientalista que creía firmemente en la fraternidad; y el tercero  , un trabajador infatigable en aras de una maravillosa utopía.
Cada uno de los tres se afanaba con tenacidad en su propia causa y sacaba fuerza de sus convicciones;
cada uno luchaba por sus propias creencias con ardor y miraba con desdén las actitudes y actividades de los otros.
Por extraño que pareciese, había algo despiadado en cada uno de ellos.
Me dijeron, en especial el utopista, que estaban dispuestos a sacrificarse y a sacrificar a sus amigos hasta donde hiciera falta por aquello en lo que creían.
En apariencia eran afables  y educados, especialmente el que creía en la fraternidad, pero había dureza en sus corazones, y de los tres emanaban esa peculiar intolerancia que caracteriza a quien se siente superior.
Eran los elegidos, los intérpretes, sabían y se sentían seguros.
En el transcurso de la conversación, el sannyasi dijo con tono serio que estaba preparándose para su próxima vida. La actual, afirmó, tenía muy poco que ofrecerle, ya que tras hacersele transparentes las ilusiones mundanas, había comprendido y abandonado los caminos del mundo. Agregó que tenía aún ciertas debilidades personales y alguna dificultad para concentrarse, pero que en su próxima vida alcanzaría el ideal que se había fijado.
Todo su interés y vitalidad se sustentaban en la convicción de que llegaría a ser algo en la próxima vida.
Conversamos durante un largo rato, y sus  palabras enfatizaban constantemente el mañana, el futuro.
El pasado existía, pero siempre en relación con el futuro, dijo; y el presente era un mero pasaje hacia el futuro igualmente, pues era el mañana lo que imbuía de interés el hoy. Si no hubiese un mañana, preguntó, que sentido tendría esforzarse? Daría lo mismo vegetar o deambular apaciblemente como una vaca.
A su entender, la vida era un continuo movimiento del pasado hacia el futuro a través del presente momentáneo, y ese presente debía emplearse, continúo, para llegar a ser algo en el futuro; para ser sabios, fuertes, compasivos. Tanto el presente como el futuro eran transitorios, pero la fruta maduraría mañana. Insistió en que el hoy es simplemente un peldaño, y en que no deberíamos estar demasiado preocupados, o ser demasiados detallistas con el ahora, sino tratar de mantener claro el ideal del mañana y lograr así que el camino sea un éxito. En síntesis, el presente le causaba impaciencia.
El orientalista era más instruido, y su lenguaje más poético; era experto en el manejo de las palabras, y a la vez refinado y convincente. El también se había forjado un nicho divino en el futuro. Allí sería algo. Hasta tal punto colmaba su corazón esta idea, que había reunido a quienes en el futuro habrían de ser sus discipulos. La muerte, decía era algo hermoso, pues le acercaba a uno a ese nicho divido del que él sacaba fuerzas para seguir viviendo en este mundo triste y espantoso.
Sostenía que era necesario cambiar y mejorar el mundo y trabajaba ardientemente por la fraternidad humana.
Consideraba que la ambición, con la corrupción y crueldad que de ella se derivan, era inevitable en un mundo donde las cosas han de hacerse, y que, por desgracia, si uno quería realizar cierta actividad organizadora tenía que ser  un poco severo.
Esta tarea era importante porque ayudaba a la humanidad, y cualquiera que se opusiese a ella debía ser apartado-amigablemente, por supuesto-. Para este trabajo, la organización era imprescindible y no debía obstaculizarse. "Otros tienen sus propios caminos-decía-, pero el nuestro es crucial, y quienquiera que se interponga no es de los nuestros".
El utopista era una extraña mezcla de idealista y hombre práctico. Su biblia no era la antigua sino la nueva, y creía ciegamente en ella. Conocía de antemano los acontecimientos del futuro, porque el nuevo libro los predecía. Su misión era primeramente destruir, luego organizar y edificar. El presente, afirmaba, era corrupto y debía destruirse para que, a partir de esa destrucción, pudiera construirse un mundo nuevo. El presente debía sacrificarse en favor del futuro. El hombre futuro era lo que importaba, no el hombre actual.
"Nosotros sabemos cómo crear ese hombre futuro-dijo; podemos moldear su mente y su corazón; pero necesitamos llegar al poder para hacer algo bueno. Estamos dispuestos a sacrificarnos y a sacrificar a otros para producir un nuevo orden. Mataremos a cualquiera que se interponga en el camino, porque los medios carecen de importancia; el fin justifica los medios".
Para alcanzar la paz final, cualquier forma de violencia sería válida; para conseguir la libertad final del individuo, la tiranía en el presente era inevitable. "Cuando tengamos el poder en nuestras manos-declaró- emplearemos cualquier forma de coacción a fin de hacer posible un nuevo mundo donde no haya distinción de clases ni sacerdotes. Nunca nos apartaremos de nuestra tesis central; nos mantendremos fieles a ella; pero nuestra estrategia y procedimientos variarán dependiendo de las circunstancias cambiantes. Planificamos, organizamos y actuamos para destruir al hombre presente en aras del hombre futuro".
El sannyasi, el defensor de la fraternidad y el utopista vivían todos para el futuro, para el mañana. No eran ambiciosos en el sentido mundano, no estaban interesados en pomposos honores, en riquezas o en reconocimientos, pero eran ambiciosos de una forma mucho más sutil.
El utopista estaba identificado con un grupo que, según pensaba, tendría la fuerza para reorientar el mundo: el defensor de la fraternidad aspiraba a que se le ensalzara, y el sannyasi a conseguir su meta. A los tres les impacientaba su realización personal, su propio logro y expansión. No se daban cuenta de que semejante deseo niega la paz, la fraternidad y la felicidad suprema.
La ambición en cualquiera de sus formas-ya sea de bienestar para un grupo, de salvación individual o de realización espiritual- es una acción aplazada. El deseo es siempre del futuro; el deseo de llegar a ser es inacción en el presente.
El presente tiene más importancia que el mañana, pues la totalidad del tiempo se halla en el ahora; comprender el ahora es estar libre del tiempo. El llegar a ser es la continuación del tiempo, del sufrimiento; el llegar a ser no contiene el ser. Ser es siempre en el presente y es la forma más elevada de transformación; llegar a ser es una simple continuidad modificada. Sólo en el  presente, en el ser, hay una transformación radical.

sábado, 19 de octubre de 2013

Relato El pez y la Tortuga

Amanecía. Los primeros rayos del sol se reflejaban en las aguas azules del mar. Una tortuga que había pasado largo tiempo conviviendo con un asceta, salía de su sueño profundo y se desperezaba en la playa.
Abrió los ojillos y de repente, vió un pez, que sacaba la cabeza del agua. Cuando el pez se percató de la presencia de la tortuga, le preguntó:
-Amiga tortuga, presiento que hay sabiduría en tu corazón, pues has vivido largamente con un hombre sabio; por eso quiero hacerte unas preguntas ¿que es el agua?
La tortuga, sorprendida y sin poder contestar, se quedó mirando. El pez aguardó un instante y después, al ver que el silencio se prolongaba demasiado, volvió a repetir su pregunta.
-Amiga tortuga, en tu infinita sabiduría, ¿puedes responderme que es el agua?
-Amigo pez, has nacido en el agua, en el agua estás viviendo y en el agua hallarás la muerte. Alrededor de tu cuerpo hay agua y agua hay dentro de tu cuerpo. Te alimentas de lo que encuentras en el agua, vives en el agua, en ella hallarás a tu pareja y en ella te reproducirás.Es más gracias a ella, el agua, forjarás nueva vida. Y tú, pez necio,¿tu me preguntas que es el agua?
La moraleja del relato : no siempre sabemos o queremos ver qué pasa a nuestro alrededor; nos habla de los problemas de conciencia e identificación.
El agua simboliza las emociones, el pez como arquetipo de quien vive subyugado o absorbido por el mundo emocional y la tortuga representa la sabiduría quien tiene la capacidad de enfrentarse a lo que le rodea con la perspectiva de la experiencia.
El pez representa a la persona que cree tenerlo todo bajo control y sin embargo pregunta por lo obvio, que es precisamente lo que no puede percibir.
Muchas veces, como el pez, nos sumergimos en un problema o contratiempo, lo integramos a nuestra vida, dejamos que complique y permitimos que influya a otros, sin darnos cuenta que algo esta fallando.
No sabemos o no queremos ver la realidad, una realidad que tocamos a diario y que sólo quienes están a cierta distancia o no involucrados directamente pueden clarificarnos.
El relato como  toque de atención, una llamada a los falsos buscadores, a esos que dicen ansiar el despertar interior pero no se esfuerzan ni lo más mínimo para encontrarlo.
¿Como es posible que el pez jamás se haya preguntado a sí mismo o a otros de su especie sobre el agua?
Como el pez, hay personas que desean alcanzar la via de lo místico y lo espiritual, pero son falsos buscadores de la verdad. Se trata de individuos que viven inmersos en su propio egoísmo, cuando a su alrededor acontecen problemas no parecen darse cuenta;  a veces lo niegan o miran hacia otro lado, como el pez que, nadando en el agua, pregunta por este elemento. Se trata de personas que cometen errores de los que culpan a los demás, individuos que generan daño, pero piensan que han sido las circunstancias y no ellos los responsables.
El pez, como el arquetipo de la persona que dice buscarse a si misma pero en realidad no desea encontrarse. Representaría a quienes se niegan a tomar consciencia del aquí y el ahora, del cómo y del dónde, del cuando y el porque, y como el pez, preguntan a los demás sobre su propia existencia.
                                                 Del libro Cuentos Hindúes

                                                                   

domingo, 30 de diciembre de 2012

Tiempo entiende el valor del Amor

En una isla vivían todos los sentimientos: alegría, tristeza, conocimiento y todos los demás, incluido el amor.
Un día se anunció a los sentimientos que la isla se hundiría, asique todos se fueron en
 los barcos construidos y marcharon, excepto el amor.
El amor fue el único que se quedó.
 Amor quería resistir hasta el último momento posible.
Cuando la isla casi se había hundido, amor decidió pedir ayuda.
La riqueza pasaba en un bote de cola, Amor dijo:
-Riqueza,¿ me puedes llevar contigo?
-La riqueza contestó no, no puedo hay una gran cantidad de oro y plata en mi barco.
 No hay lugar aquí para ti.
Amor decidió pedir a Vanidad que también estaba pasando con una hermosa nave
-Vanidad por favor ayúdame!
-no puedo ayudarte, Amor. Estas todo mojado y puedes dañar mi barco, contestó Vanidad.
Tristeza estaba cerca, asique Amor le preguntó:
-Tristeza déjame ir contigo"
-oh Amor estoy tan triste que necesito estar sola.
La Felicidad también pasa por allí, pero ella estaba tan contenta que ni siquiera oyó cuando Amor la llamó.
De repente se oyó una voz "Ven Amor, yo te llevaré". Era un anciano.
Así bendecido y lleno de alegría, el Amor incluso se olvidó de preguntar al anciano adonde iban.
Cuando llegaron a tierra firme, el anciano siguió su propio camino.
Al darse cuenta de lo mucho que le debía al anciano, Amor preguntó a Conocimiento:
-Quien me ayudó?
-Ya era hora dijo conocimiento; Tiempo te ayudó
-Pero porque Tiempo me ayuda?
Conocimiento sonrió con profunda sabiduría y contestó:
porque el tiempo sólo es capaz de entender cómo el Amor es valioso.
                                                                          Brian Bacon


sábado, 20 de octubre de 2012

Una vida sencilla, una muerte sencilla

Un anciano maestro se estaba muriendo. Se había echado sobre la hierba, bajo un frondoso árbol.
Sus discípulos le rodeaban, compungidos, y alguno de ellos no podían contener el llanto.
La tarde había ido declinando y el sol se ponía en el horizonte.
Reinaba un silencio perfecto, casi sobrecogedor, cuando el maestro dijo:
-Que nadie se aflija ni se apene, que nadie se desconsuele ni se atribule.
Lo que debe ser será. Al amanecer, los rayos del sol extinguen la gota de rocío;
el río desemboca en el mar; al amanecer sigue el ocaso y a la vida, la muerte.
Los discípulos rodeaban al maestro.
-Todavía me queda energía para transmitiros la última lección-el anciano forzó
una cariñosa sonrisa-.
Una vida sencilla, una muerte sencilla. No hay otro secreto. Llega el placer y gozas, pero sin aferrarte;
llega el sufrimiento y sufres, pero sin resentimiento.
Hay que aprender a disfrutar y a sufrir;
hay que aprender a vivir en cada momento, con sencillez, sin apego ni resistencia,
sintiendo que todo es importante por igual: lo pequeño y lo grande.
Aprender a ser armónico en lo inarmónico y sosegado en el desasosiego.
Una vida de hermosa simpleza, sin inútiles resistencias.
Hay tempestad y hay calma, pero el equilibrio está dentro de uno mismo.
Escuchadme bien, amados míos: una vida sencilla, una muerte sencilla.
En ese momento el anciano se extinguió, con el último rayo de sol.

Dice el Maestro:Se vive, se muere. Nada es tan hermoso como la sencillez.

   Extraído del libro Cuentos del Lejano Oriente

      

lunes, 17 de septiembre de 2012

CUENTO HINDÚ (Anónimo)


Dice la historia que el viejo sabio se encontraba sentado a la orilla del río y a su lado su discípulo.
Entonces, un pequeño insecto subió por la mano del sabio y le picó.
El sabio simplemente apartó su mano instintivamente y el insecto cayó al río.
El sabio cogió el insecto y lo colocó a la orilla del río.
Un minuto después el insecto regresó y picó de nuevo la mano del sabio, y éste la volvió a apartar cayendo de nuevo el insecto al río.
El sabio se inclinó otra vez, recogió el insecto y lo colocó de nuevo en la orilla.
Naturalmente, el insecto subió otra vez por la mano y lo picó por tercera vez, cayendo de nuevo al río. Y por tercera vez el sabio se inclinó, tomó el insecto y lo colocó de regreso en la orilla.
Entonces el discípulo se dirigió hacia el sabio y le dijo:"Maestro, ¿por que usted salva al insecto cada vez que este lo pica?"
Y el sabio le respondió:"Está en su naturaleza el picar y en mi naturaleza está el salvar".

Esta historia ilustra la naturaleza del ser humano cuando su conciencia se encuentra en un estado elevado y positivo y alineado con la naturaleza y el todo.



sábado, 1 de septiembre de 2012

El mundo competitivo de B

B vive en un mundo de alta competencia y preocupaciones.
Tiene períodos de escaso equilibrio emocional que obviamente afecta en áreas de su vida personal y profesional.
Aún  así puede reconocer que la profesión tan exigente a la que se dedica le ha servido para mirar
dentro de sí, desafiar se a sí mismo e intentar ser un poco más la persona que quiere ser.
- "Es muy difícil competir cuando te ahogan las preocupaciones" manifiesta

Estrategia
Descubrir quien deseas  ser y mantenerse fiel al ideal.
Aunque fracases algunas veces, casi como una experiencia espiritual, sin arrogancias y con honestidad permite desarrollar al máximo el potencial que está en tu interior , será una elección muy valedera para recobrar equilibrio y hacerlo posible.
Conocer las razones por la que haces lo que haces.
Disfrutar en el hacer más allá de los resultados sobre todo el  inmediato y mediano plazo.
Mantener disciplina y concentración.


Perfila la estrategia con valores humanos y que ese sea el eje de corrección de tú desvíos en el hacer.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Cuento El enredo

Dos muchachos versados en la Escrituras discutían acaloradamente.
Su polémica no parecía tener fin. Uno de ellos sostenía:
-Todo está fuera de la mente.
El otro aseveraba:
-Todo está en la mente.
Su guía, que oyó la discusión, les pidió que esa noche le acompañasen al lago.
Así lo hicieron. Era una hermosa noche bañada por la luz de la luna.
Llegaron a la orilla del lago. La luna, espléndida, se reflejaba en las aguas.
-Mirad la luna en el lago-dijo el guía.
Los dos estudiantes así lo hicieron.
-Ahora decidme, está en la mente o fuera de ella?
Si creéis que está fuera de la mente, ¿cómo podéis verla? Si creéis que está en la mente, entonces, ¿es que la luna no existe?
Los estudiantes estaban perplejos.
-Decidme también-continuó el maestro-: ¿quién se hace todas esas preguntas con las que os liáis en inútiles polémicas?
Los aprendices comprendieron que perdían el tiempo en argumentos banales.
Miraron la hermosa luna, con la mente plena y silente, sin preguntas.

Dice el maestro: Si las preguntas se precipitan en la mente, atájalas cuestionando quién se las hace, y poco a poco te trasladarás de la segunda a la primera causa.
                                          del libro Cuentos del lejano Oriente

domingo, 4 de marzo de 2012

Un cuento de Oriente

Un joven rey gobernaba a su pueblo con  justicia y sobriedad. Se ocupaba del bienestar de sus súbditos, los impuestos que cobraba eran los imprescindibles para cubrir eficazmente las necesidades generales y dedicaba su jornada a atender puntualmente los asuntos de estado.
En el reino había paz y prosperidad. A su lado siempre estaba su fiel y sabio consejero, que ya había servido como tal a su padre.
Un día, el joven rey dijo en una comida a su mayordomo:
-Estoy cansado de comer con estos palillos de madera, soy el rey, así que dá orden al orfebre de palacio
de que me fabrique unos palillos de marfil y jade.
Oída esta orden, el consejero se dirigió inmediatamente al soberano:
-Majestad, os pido que me relevéis lo antes posible de mi cargo. No puedo servios por más tiempo.
El monarca, extrañado, preguntó cual era el motivo de aquella repentina decisión.
-Es por los palillos, señor- respondió el consejero-. Ahora habéis solicitado unos palillos de marfil y jade, y mañana querréis sustituir los platos de barro por una vajilla de oro. Más adelante, vuestros vestidos de tela desearéis que sean reemplazados por otros de seda. Otro día, en vez de conformaos con comer verduras , solicitareis  lenguas de alondra y huevos de tortuga.
De este modo, llegará el momento en que los caprichos, la autocomplacencia, y el mal uso del poder os harán ser injusto con vuestro pueblo.
Entonces, yo me rebelaré contra su majestad, y por nada del mundo deseo ver amanecer ese día.
Dicen que el rey rebocó la orden dada al orfebre y que desde ese día fué llamado "el Prudente".
 Y conservó al viejo consejero a su lado hasta su muerte.


domingo, 19 de junio de 2011

Raúl y el abuelo

Raúl se había levantado muy contento. Era viernes y el abuelo iría a recogerlo al colegio.
A Raúl le encantaba volver a casa con su abuelo porque era el único de la familia que lo trataba como a un chico grande.No era que los demás no se comportaran bien con él, pero el abuelo era algo especial. Se lo llevaba a dar largos paseos, durante los que iba explicándole que cosas había hecho él cuando tenía la edad de Raúl. Y le enseñaba a reconocer los pájaros y los animalillos que vivían en el campo.
Otras veces, le contaba histroias de un bandolero que vivía en las montañas y se llamaba Pernales. A Raúl le encantaban aquellos cuentos y se los hácía repetir una y otra vez. En ocasiones, el abuelo se equivocaba y relataba la misma historia con un final diferente. Entonces, Raúl se lo hacía notar y el abuelo contestaba "eso fue otro día".
Que bien se lo pasaban juntos. Raúl no habría cambiado aquellos paseos por nada del mundo y esperaba con mucha ilusión que llegara el viernes, que era el día en que el abuelo iba a buscarlo al colegio.
Aquel viernes cuando sonó el timbre que anunciaba el final de las clases, Raúl salió coriendo en busca del abuelo, pero en su lugar estaba esperándolo su madre. Que le habría pasado al abuelo? Por que no estaba allí? la madre le explicó que el abuelo no se encontraba bien y que había ido al hospital para que lo viera un médico.
Aquella tarde, la madre habló largo rato por teléfono. Por la noche, llamó la abuela para decir que ya se encontraba un poco mejor, pero que debía quedarse unos días más en la clínica para que le hicieran pruebas. Raúl quería ir a visitarlo pero le dijeron que los niños no podían entrar en el hospital y que ya lo vería cuando volviera a casa.
Los días siguientes fueron muy duros para Raúl. Todo el mundo estaba triste, a su madre incluso a veces le saltaban las lágrimas. Cuando Raúl le preguntaba por que lloraba, se inventaba alguna tontería como "es por la cebolla" si estaba en la cocina, o "es que se me ha metido algo en el ojo". El niño no entendía que estaba pasando. Desde luego, por el abuelo no podía ser, ya que Raúl preguntaba a diario por él y siempre le contestaban que ya estaba mejor y volvería pronto a casa. Se habrían metido sus padres en algún lío y no se lo querían decir? Por que su madre se encerraba en la habitación cada vez que hablaba por télefono y le reñia si él intentaba entrar y escuchar su conversación? Raúl se sentía muy solo. Parecía que no lo consideraban un miembro de la familia. Sabía que le ocultaban algo, pero no llegaba a entender qué era ni por qué.
Despues de un par de semans-que a él le parecieron años-el abuelo volvió a casa. Los padres de Raúl le dijeron que podía ir a verlo, pero que no hiciera mucho ruido porque estaba muy débil todavía.
Raúl estaba loco de alegría y, en cuanto su padre aparcó el coche justo delante de la casa de los abuelos, salió corriendo y se metió en el portal.Su madre corrió tras el para cogerlo de la mano y regañarle por no esperarlos.
Pero a Raúl no le importaban las regañinas y, apenas la abuela abrió la puerta, entró como un ciclón buscando al abuelo. Allí estaba, sentado en su sillón. Había perdido peso y parecía muy cansado. Raúl sólo necesitó un segundo para darse cuenta de que no podía tirarse encima de él como solía hacer, así que se sentó en el suelo y abrazado a sus piernas, apoyó su cabeza en las rodillas del abuelo, que le acariciaba el pelo con la mano.
Cuando levantó la vista reparó en que corrían lágrimas por las mejillas del anicano.
-Por que lloras, abuelito? preguntó Raúl- Te duele la cabeza?
-No me duele nada. Tenía muchas ganas de verte y me he emocionado.
-Que quiere decir emocionado? preguntó Raúl.
-Emocionarse- respondió el abuelo-es sentirse por ejemplo, como nos sentimos el día en que vienen los Reyes Magos.
Esa era una de las cosas que tanto le gustaba del abuelo: no intentaba hacerle entender las cosas, se las hacía sentir!
-Ya estás bien, abuelo? siguió preguntando Raúl.
-No del todo- respondió el anciano-.Me encuentro algo mejor, pero sigo estando un poco enfermo.
-Y por que estás un poco enfermo?
-Porque me canso mucho y no puedo salir a pasear.
Bueno-dijo Raúl-, pues yo vendré y te cuidaré cuando salga del colegio y si estás cansado, me pedirás que te traiga las cosas y te las traeré.
La abuela entró con la merienda. Había preparado un zumo de frutas, que estaba buenísimo, pero el abuelo apenas lo probó.
Raúl se dió cuenta de lo mal que estaba. Por eso, al salir de la casa, preguntó a su madre ¿Se va a morir el abuelo? Ella respondió:"No se va a poner bien!". No se atrevió a preguntar cuando porque, por la manera de contestar de su madre,
había notado que era mejor no seguir hablando del tema.
A los pocos días, el abuelo tuvo que ingresar de nuevo en el hospital. Esta vez le dijeron que habría de quedarse bastante tiempo allí; por eso Raúl no se sorprendió al ver a toda la familia triste. Incluso se fue un fin de semana a casa de su mejor amigo y se quedó allí a dormir porque sabía que sus padres iban a cuidar del abuelo, que se había puesto muy enfermo.
El domingo por la noche, cuando su padre fué a buscarlo para volver a casa, Raúl notó enseguida que algo había ocurrido. La cara de su padre reflejaba una gran tristeza, aunque parecía que se esforzaba por sonreir. Sin embargo, cuando Raul le preguntó si estaba triste,su padre repuso que no, que estaba muy contento de verlo, y empezó a preguntarle cómo se lo había pasado el fin de semana y que había hecho. Raúl tampoco se extendió en explicaciones: dijo que se lo había pasado bien y había jugado con su amigo a la consola.
Al llegar a acasa, notó un frío extraño. Reinaba un gran silencio, como si su hogar estuviera vacío. Sin embargo, su madre estaba allí. Al verlo lo abrazó y Raúl supo que algo le había pasado al abuelo. Como está el abuelo? preguntó Raúl
"el abuelo se ha ido al cielo" respondió su madre.
Como? que tontería era ésa? el abuelo no se iría a ningún sitio sin decírselo a él. Además, se le notaba muy cansado y el cielo estaba muy lejos...y cómo se va uno hasta el cielo? La cabeza de Raúl no paraba. Su madre iba respondiendo como podía: el abuelo estaba bien, ya descansaba, desde el cielo cuidaba de ellos...Nada de esto consolaba al niño, pero no podía hacer nada!
Al día siguiente, su madre y la abuela fueron a buscarlo al colegio. Las dos estaban muy tristes, pero Raúl no se sorprendió porque él tambien lo estaba.
Cuando volvieron a casa, la abuela abrió su bolso y sacó un papel doblado que entregó a Raúl.
Tomá, es para tí-dijo-No sé cuando lo escribió.
Raúl desdobló el papel y leyó emocionado el último cuento de Pernales, escrito con la mano temblorosa del abuelo:
Algunos dicen que Pernales murió joven; otros que murió de viejo; incluso los hay que creen que Pernales sigue vivo. Supongo que, como todo, depende de quien lo cuente. Para los jóvenes era ya viejo y para los viejos todavía era muy joven. Para quienes lo querían no morirá nunca, pues cada vez que pasan por los lugares que recorrieron juntos podrán oír el galope de su caballo, su voz y su risa. Entonces sabrán que, aunque no puedan verlo, en su interior se mantiene vivo todo lo que aprendieron juntos y hablarán de él a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Al fin y al cabo, todos nosotros, como Pernales, con el tiempo no seremos sino leyenda.
Raúl dobló el papel y se lo guardó como un pequeño tesoro, pero antes de meterlo en su bolsillo, por si acaso el abuelo pudiera verlo, escribió al final del cuento con letras bien grandes:ABUELO, TE QUIERO!.
Un cuento de Marisol Ampudia.













Algunos comentarios de la autora de los que comparto en su totalidad:
Cuando los padres consiguen darse cuenta de que su hijo quiere sentirse incluido en la familia y participar en todos los acontecimientos en la medida de sus posibilidades, suelen sorprenderse de la reacción del niño:"parece mentira, tan pequeño y cómo sabe entenderlo todo".
En cambio, la sensación de clandestinidad que los padres experimentan frente a su hijo cuando le están ocultando información los mantiene en permanente estado de intranquilidad. El niño lo percibe perfectamente y cuanto más intentan los mayores disimularlo, más nota que algo está ocurriendo.
El hecho de compartir con él la información hace que se sienta mejor integrado en la familia y tenga mayores deseos de colaborar. Además, los niños aportan a veces un toque de ingenuidad al ambiente familiar, que suele resultar muy útil para ver el problema en su justa dimensión.
Los padres, tienden a sobrevalorar lo negativo porque temen un futuro incierto y en ocasiones, se lo imaginan de la peor manera posible, mientras que los niños viven más la situación presente yla valoran libres de los temores de los adultos.
Intentar evitar experiencias dolorosas al niño no sólo no le ayuda a afrontar lo inevitable, sino que, al contrario, lo aisla de la familia e impide que esté preparado para superarlo. Cuando el niño no dispone de informaciones acerca de la situación, rellena sus lagunas con ideas que pueden llegar a ser más terribles que la realidad misma.
En estos casos, lo más adecuado es hacer al niño partícipe de las vivencias y así integrarlo en la familia. Transmitirle la información de una manera adaptada a su edad y capacidad de asimilación. También que se le permita ver al familiar enfermo y compartir las emociones de la familia. Darle la oportunidad de despedirse aunque le cause tanta pena como a los adultos ; los padres deben asumir sus reacciones de dolor ante estas situaciones como algo natural.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Sistema del Doctor Alquitrán y del Profesor Pluma. Edgar Allan Poe

En el otoño de 18.., durante una excursión por las provincias extremas del sur de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé o manicomio privado, sobre el cual me habían hablado mucho, en París, mis amigos médicos. Como no había visitado nunca un lugar de esta clase, creí la oportunidad demasiado buena para perderse; y, por tanto, propuse a mi compañero de viaje (un caballero con quien había hecho conocimiento casual pocos días antes), que podíamos desviarnos, durante una hora o así, y examinar el establecimiento. A esto se opuso-alegando la premura, en primer lugar, y, en segundo, un horror muy corriente a la vista de un loco. Me rogó, no obstante, que no permitiese que ninguna mera cortesía hacia él se interpusiera a la satisfacción de mi curiosidad, y dijo que cabalgaría despacio, al objeto de que pudiese alcanzarle durante el día, o, a lo sumo, durante el siguiente. Cuando se despedía de mí, se me ocurrió que tal vez hubiese alguna dificultad en conseguir paso a la propiedad, y manifesté mis temores sobre este punto. El contestó que, en efecto, a menos que conociese personalmente al director, monsieur Maillard, o tuviese alguna credencial, tal como una carta de recomendación, pudiera encontrarse alguna dificultad, puesto que las ordenanzas de estos manicomios privados eran más rigidas que las de los hospitales públicos. Por su parte, agregó había conocido, hace unos años, a Maillard, y por ayudarme iría a caballo hasta la puerta, y me presentaría; aunque su sentir en cuanto a la locura, no le permitiría entrar en la casa.
Le di las gracias, y saliendo de la carretera principal, entramos en una vereda, crecida de hierba, que a la media hora, casi se perdió en un espeso bosque que cubría la base de una montaña. A través de este bosque, humedo y sobrío, cabalgamos unas dos millas, hasta que la Maison de Santé aparecíó a nuestra vista. Era un chateau fantástico, bastante ruinoso, y en verdad poco habitable, debido a su antiguedad y abandono. Su aspecto me inspiró un gran terrror, y refrenando mi caballo, estuve a punto de dar la vuelta. Sin embargo, en seguida me sentí avergonzado de mi flaqueza y continué.
Según cabalgábamos hacia la puerta de entrada, observé que estaba entreabierta y que la figura de un hombre asomaba por ella. Un instante después, este hombre se adelantó, se dirigió a mi acompañante por su nombre, le estrechó cordialmente la mano y le rogó que se apease del caballo.
Era el propio monsieur Maillard. Un caballero de la antigua escuela, majestuoso y de aspecto agradable, con ademanes finos y un cierto aire de seriedad, dignidad y autoridad que impresionaba.
Mi amigo, una vez que me hubo presentado, indicó mi deseo de inspeccionar el establecimiento, y obtuvo de monsieur Maillard la seguridad de que me atendería en todo lo posible; se despidió, y no le volví a ver.
Cuando se hubo marchado, el director me introdujo en un pequeño saloncito extremadamente limpio, en el que había, entre otras pruebas de gusto refinado, muchos libros, dibujos, jarrones de flores e instrumentos de música.
Yo había oído, en París, que la institución de monsieur Maillard estaba dirigida con arreglo a lo que vulgarmente se llama el "sistema de dulzura"-que estaban abolidos todos los castigos, que hasta se recurría pocas veces al encierro-, que a los enfermos, vigilados en secreto, se les dejaba en una gran libertad aparente y que, a la mayor parte de ellos, se les permitía vagar por la casa y por los jardines con la vestimenta corriente de las personas en su sano juicio.
Mis primeras palabras fueron para solicitar del director una explicación del famoso sistema.
-Desde hace varias semanas-me contestó-hemos decidido renunciar a él para siempre.
-Realmente! Me deja usted asombrado!
-Nos fué-dijo suspirando-absolutamente necesario volver a las costumbres antiguas. El peligro del sistema de dulzura era, en todo momento, aterrador; y sus ventajas han costado muy caras. Creo, señor, que en esta casa ha habido una prueba clara, como en ninguna otra. Hicimos todo lo que la humanidad racional puede sugerir. Siento que no haya usted podido visitarnos en una época anterior, en que hubiera podido juzgar por usted mismo. Pero presumo que conoce a fondo las prácticas de dulzura, sus detalles.
-En conjunto, no. Lo que he oído ha sido de tercera o cuarta mano.
-Entonces, voy a definir el sistema, en términos generales, como aquel en que los enfermos estaban menages, consentidos. No contradeciamos ningún capricho que entrase en el cerebro del loco. Al contrario, no solamente los consentíamos, sino que los fomentábamos; y muchas de nuestras curas más definitivas han sido efectuadas así. No hay ningún argumento que influya sobre la débil razón del loco como el reductio ad absurdum. Hemos tenido hombres, por ejemplo, que se creían pollos. La cura consistía en insistir sobre ello como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez al no percibirlo suficientemente como un hecho, y por tanto, negarle todo otro alimento, durante una semana, que aquel que corresponde propiamente a un pollo. De esta manera, un poco de trigo y de arena hacían maravillas.
-¿Pero era esta clase de consentimientos todo?
-De ningún modo. Poníamos mucho empeño en diversiones simples, tales como música, baile, ejercicios gimnásticos, en general, juegos de cartas, cierta clase de libros, etc. Aparentábamos tratar a cada individuo como si sufriese cualquier trastorno fisico ordinario; y la palabra locura no se empleaba jamás. Un punto interesante era hacer que cada loco vigilase los actos de todos los demás. Poner la confianza en el entendimiento o la discreción de un loco es ganarle en cuerpo y alma. De esta manera, podiamos prescindir de un costoso cuerpo de guardianes.
-¿Y no tenían castigos de ninguna clase?
-Ninguno.
-¿Y nunca encerraba usted a sus enfermos?
-Muy rara vez. De tarde en tarde, como la enfermedad de algún individuo entrase en crisis, o tomara un repentino giro de furia, le conduciamos a una celda secreta, con objeto de que su trastorno no contagiase a los demás, y allí le teníamos hasta que podíamos mandarlo con sus amigos; pues con locos furiosos no tenemos nada que hacer. Por lo general, se les envía a los hospitales públicos.
-¿Y ahora ha cambiado usted todo esto, y cree que para bien?
-Decididamente. El sistema tiene sus inconvenientes, y hasta sus peligros. Hoy en día, por fortuna, ha sido desechado de todas las Maisons de Santé de Francia.
Sin embargo, después de cenar, cuando se haya repuesto suficientemente de las fatigas de su viaje a caballo, será para mí un placer darle una vuelta por la casa, y mostrarle un sistema que, a mi modo de ver, y al de todo aquel que ha apreciado sus resultados, es incomparablemente el más eficaz que hasta ahora se conoce.
-¿El suyo?-pregunté-.¿Uno inventado por usted?
-Estoy orgulloso-contestó-de confesar que lo es, por lo menos, en parte.
De este modo hablé con monsieur Maillard una o dos horas, durante las cuales me enseñó los jardines y los invernaderos de la finca.
-No puedo dejarle que vea mis enfermos en este momento-dijo-.Para un espíritu sensible hay siempre auge de más o menos repugnante en estas exhibiciones; y no quiero estropear su apetito para la cena. Cenaremos.
A las seis, fué anunciada la cena; y mi anfitrión me condujo a una gran salle a manger donde estaba reunida una compañia muy numerosa, veinticinco o treinta en total. Eran, al parecer, personas de categoría-sin duda de educación refinada-, aunque sus vestimentas me parecieron de una riqueza extravagante. Observé que por lo menos los dos tercios de estos invitados eran señoras; y algunas de estas últimas no se vestían en modo alguno con lo que un parisino consideraría de buen gusto en la actualidad. En suma, había un aire algo raro en el vestir de toda la reunión,que, al principio me hizo volver a mi primera idea del "sistema de dulzura", y ocurrirseme que monsieur Maillard había estado queriendo engañarme hasta después de cenar, para que no experimentase sensaciones desagradables durante la comida, al encontrarme cenando con locos; pero recordaba que me habían dicho, en Paris, que los provincianos del sur eran gente particularmente excentrica, con gran número de ideas anticuadas; y, además, al hablar con varios miembros de la reunión, mis temores se disiparon inmediatamente y por completo.
Había varios criados diligentes sirviéndonos; y, sobre una gran mesa, en el extremo más lejano del cuarto, estaban sentadas siete u ocho personas con violines, pifanos, trombones y un tambor. Estos muchachos me molestaban mucho, a intervalos, durante la cena, con una variead infinita de ruidos, que querían pasar por música y que parecían entretener mucho a todos los presentes, excepto a mí.
En conjunto, no pude evitar el pensar que había mucho de bizarre en todo lo que veía; pero el mundo se compone de toda clase de gentes, con modos distintos de pensar y variedad de costumbres convencionales. Había viajado, además, lo suficiente para ser todo un adepto del mil admirari; así es que tomé asiento muy serenamente a la derecha de mi anfitrión, y, como tenía gran apetito, hice justicia al festín que me pusieron delante.
La conversación, entre tanto, era animada y general. Las señoras, como siempre, hablaban mucho. Observé en seguida que casi toda la concurrencia estaba bien educada; y mi anfitrión era un dechado de anécdotas de buen humor. Parecía deseoso de hablar de su situación como director de una Maison de Santé; y, en verdad, el tema de la locura era, con gran sorpresa mía, uno de los favoritos de todos los presentes. Se contaron muchos cuentos graciosos referentes a las chifladuras de los enfermos.
-Tuvimos aquí una vez-dijo un señor gordo y pequeño, sentado a mi derecha-una persona que se había metido en la cabeza que era un burro, cosa que, hablando en metáfora, usted dirá, era absolutamente cierto. Era un enfermo engorroso y nos costó mucho trabajo mantenerle a raya. Durante mucho tiempo no quiso comer nada más que cardos; pero bien pronto le curamos de esta manía, insistiendo en que no comiese ninguna otra cosa. Después estaba constantemente coceando, así, así.
-Señor de Kock!- Le agradecería que se comportase!interrumpió aquí una señora vieja, sentada al lado del que hablaba-Tenga, por favor, sus pies en su sitio!Me ha estropeado usted los bordados!¿Es acaso necesario, le ruego, ilustrar una afirmación en forma tan real?
-Después-dijo un personaje de aspecto cadavérico, próximoal extremo de la mesa, recogiendo el hilo de la conversación donde se había roto-, entre otras rarezas, tuvimos un enfermo, una vez, que con gran interés se empeñaba en ser un queso de Cordoba, e iba, con un cuchillo en la mano, pidiendo a sus amigos que probasen una pequeña loncha del centro de su pierna.
-Era un gran loco, sin duda-interrumpió alguien-, pero nunca comparable con cierto individuo, a quien todos conocemos, con la excepción de este forastero. Me refiero al hombre que se creía una botella de champánm y que siempre hacía el ruido de descorchar y un siseo de esta manera.
Aquí el que hablaba, según me pareció, muy groseramente, puso su pulgar derecho en su carrillo izquierdo, lo separó con un ruido parecido al de sacar un corcho, y después, por medio de un hábil movimiento de la lengua sobre los dientes, produjo un agudo silbido y siseo, que duró varios minutos, imitando el burbujeo del champán. Vi claramente que este comportamiento no agradaba mucho a monsieur Maillard; pero este señor nada dijo,y la conversación se vió reanudada por un hombre pequeño, muy enjuto, que usaba una gran peluca.
-Y había también un simple-dijo-que se creía una rana, a la que, sea dicho de paso, se parecía en no poco. Desearía que hubiese podido verle-aquí el que hablaba se dirigió a mí-, le hubiese a usted encantado ver los aires de naturalidad que ponía en ello.Señor, si ese hombre no era una rana, sólo puedo decir que es una pena que no lo fuese. Su croar, así-croa!,cr-o-o-o-a!-era la nota más bonita del mundo-un sí bemol-, y cuando ponía los codos encima de la mesa, así, después de tomar uno o dos vasos de vino, y ensanchaba la boca, así y había girar los ojos, asi, y los guiñaba con excesiva rapidez, así entonces, señor, lo digo por mi mismo, sin duda se hubiese usted quedado admirado del genio de este hombre.
-No lo dudo-dije.
-Y además-dijo otro de la reunión-estaba entonces Bouffon Le Grand, otro personaje extraordinario a su manera. Le provino el trastorno a causa del amor, y se creía poseedor de dos cabezas. Una de estas sostenía que era la cabeza de Cicerón; la otra se le figuraba compuesta, sienda la de Demóstenes, desde lo más alto de la frente hasta la boca, y la de lord Brougham desde la boca a la barbilla.Era imposible que no estuviese equivocado, pero le hubiera convencido de que estaba en lo cierto, porque era un hombre de gran elocuencia.Tenía una pasión enorme por la oratoria, y no podía dejar de demostrarla. Por ejemplo, acostumbraba a saltar sobre la mesa de cor, así, y...y...
Aquí mi amigo, al lado del que hablaba, puso una mano sobre sus espaldas, y susurró algunas palabras a su oído; ante lo que éste dejó de hablar rápidamente, y se hundió de nuevo en su silla.
-Y además-dijo el amigo que había susurrado-estaba Boullard, el trompo. Le llamo el trompo porque,en realidad, estaba embargado por la extravagancia, divertida, pero no del todo irracional, de que se había convertido en un peón. Hubiera usted rugido de hilaridad al verle girar. Hubiera dado vueltas sobre u n talón a estas horas, de esta manera, así.
Aqui el amigoa quien acababa de interrumpir con un susurro desempeño un oficio exactamente igual respecto a él.
-Pero-gritó una señora vieja a toda voz-su señor Boullard era un loco, y un loco muy tonto, poniéndolo en lo mejor; ¿quién, permitame preguntarle, ha oído hablar de un peón humano?La cosa es absurda. La señora Joyeuse era una persona más sensata,como usted sabe. Tenía una chifladura, pero inspirada por el sentido común, y agradaba a todo el que tenía el honor de conocerla. Descubrió, por reflexionarlo mucho, que por algún accidente, se había convertido en gallo; pero, como tal, se comportaba bien. Aleteaba con un efecto prodigioso, así, así así, y con respecto a su cacareo, era delicioso:Kikiriki, cok.cok...!
-Señora Joyeuse, la agradecería que se comportase!-interrumpió nuestro anfitrión, muy enfadado-.Puede usted o bien portarse como debe hacerlo una señora, o abandonar la mesa inmediatamente:escoja.
La señora(a la que yo estaba asombrado de haber oído nombrar señora Joyeuse, después de la descripción de la señora Joyeuse que acaba de dar) se ruborizó hasta las cejas y aparentó estar muy avergonzada de la reprimenda. Dejó caer la cabeza y no contestó ni una sílaba.
De repente se oyeron una serie de fuertes gritos; o alaridos,que procedían de una de las partes del cuerpo principal del chateau.
Mis nervios estaban muy irritados, a la verdad, por estos alaridos; pero los demás de la reunión me dieron, verdadera lástima. En mi vida he visto un grupo de gente razonable tan totalmente atemorizado. Se pusieron todos tan pálidos como otros tantos cadáveres, y encogiéndose en sus asientos, empezaron a tiritar y a farfullar con terror, escuchando si se repetía el ruido. Se oyó de nuevo, más fuerte, y al parecer más cercano, y luego por tercera vez muy fuerte, y luego por cuarta con una intensidad evidentemente disminuía. Ante este aparente apagamiento del ruido, los espíritus de la reunión se rehicieron inmediatamente,y todo fué animación y anécdota como antes. Entonces me aventuré a preguntar la causa del alboroto.
-Una mera bagatela-dijo monsieur Maillard-:estamos acostumbrados a estas cosas, y hacemos poco caso de ellas. Los locos, a cada momento arman un griterío a coro; unos excitan a los otros, como ocurre algunas veces con una manada de perros por la noche. De vez en cuando, ocurre, sin embargo, que el concierto de alaridos vaya sucedido de un esfuerzo simultáneo para escaparse; entonces, desde luego, es de temer algún pequeño peligro.
-Le he oído decir que el sistema que usted ha adoptado, en vez del célebre sistema de dulzura, era de una severidad muy rigurosa?
-De ninguna manera. Nuestra reclusión es necesariamente rigurosa; pero el tratamiento, el tratamiento médico quiero decir, es más agradable para los enfermos que otra cosa.
-Y el nuevo sistema es de su propia invención?
-No en su totalidad. Algunas de sus partes se debenal profesor Alquitrán, de quien usted ha oído hablar necesariamente; y además, hay modificaciones en mi plan que yo me complazco en advertir que pertenece por derecho al célebre Pluma, con quien, si no me equivoco, tiene usted el honor de una amistad intima.
-Estoy completamente avergonzado de confesar-contesté-que ni siquiera he oído los nombres de ninguno de estos caballeros antes.
-Cielo Santo!-exclamó mi anfitrión echando hacia atrás su silla precipitadamente, y levantando las manos-Con seguridad que no os oigo bien! Que no ha oído nunca hablar ni del erudito doctor Alquitrán, ni del célebre profesor Pluma?
-Me veo forzado a confesar mi ignorancia-contesté-;pero la verdad debe mantenerse inviolada sobre todas las cosas. No obstante, me siento humillado hasta el polvo de no estar enterado de los trabajos de estos extraordinarios hombres, sin duda. Buscaré sus escritos sin pérdida de tiempo, y los leeré con premeditado cuidado. Monsieur Maillard, realmente usted me ha...!Debo confesarlo, realmente usted ha hecho que me averguence de mi mismo! Y esta era la pura verdad.
-No diga más, mi joven amigo-dijo cariñosamente apretándome la mano-;acompañeme ahora con un vaso de Santemé.
Bebimos. La reunión siguió nuestro ejemplo sin escatimar. Charlaron, bromearon, rieron, cometieron cientos de absurdos, los violines chillaron, el tambor redobló, los trombones rugieron como otros tantos toros bronceados de Falaris, y toda la escena, creciendo gradualmente a peor y peor, según ganaban ascendiente los vinos, se convirtió finalmente en una especie de pandemonium in petto. Mientras tanto, monsieur Maillard y yo, con algunas botellas de Santerne y de Vougeot entre ambos, continúabamos nuestra conversación a toda voz. Una palabra hablada en un diapasón ordinario no tenía más oportunidad de ser oída que la voz de un pez en el fondo de las cataratas del Niágara.
-Y señor-dije gritándole al oído-, mencionó usted algo antes de la cena sobre el peligro en que incurría el viejo sistema de dulzura. Que es eso?
-Sí-contestó-había, en ocasiones, mucho peligro, en realidad. No hay límite para los caprichos de los locos; y, en mi modo de ver, así como en el del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, nunca es seguro permitirles andar con gran libertad. Un loco puede estar "apasiguado" como se dice, durante un cierto tiempo, pero, al final, está muy propenso a llegar a ser turbulento. Su marrullería, también, es proverbial y grande. Si tiene un proyecto en perspectiva, oculta su propósito con una sabiduría maravillosa; y la destreza con que falsea la cordura, ofrece, a los metafísicos, uno de los problemas más curiosos en el estudio del entendimiento. Cuando un loco parece enteramente sano, realmente, es el gran momento pra ponerle la camisa de fuerza.
-Pero el peligro, querido señor, de que usted hablaba, por su experiencia propia, durante su dirección de esta casa ¿ha tenído usted razón práctica para creer arriesgada la libertad en el caso de un loco?
-Aquí? Por mi propia experiencia? Claro...,quiere decir sí. Por ejemplo: no hace mucho tiempo, un suceso curioso ocurrió en esta misma casa. El sistema de dulzura, que usted conoce, estaba entonces en vigor y los enfermos se hallaban en libertad. Se portaban muy bien, tanto que cualquiera con sentido podía haber deducido que un proyecto diabólico estaba elaborándose, del hecho particular de que los muchachos se portasen tan excepcionalmente bien. Y, naturalmente, una buena mañana, los guardianes se encontraron atados de pies y manos, y arrojados en las celdas, donde los atendían como si fuesen los locos, los locos mismos, que habían usurpado los oficios de los guardianes.
-No diga usted eso!Nunca oí cosa tan absurda en mi vida!
-Cierto, todo sucedió a causa de un individuo estúpido, un loco, quién, de alguna manera, se había metido en la cabeza que había inventado un sistema de gobierno mejor que ninguno de los que se había oído hablar antes, de gobierno de locos, quiero decir. Deseó hacer una prueba de su sitema, supongo, y para ello persuadió al resto de los enfermos para que se le uniesen en una conspiración, al objeto de arrojar a los poderes reinantes.
-Y tuvo éxito en realidad?
-Sin duda alguna. Los guardianes y guardados cambiaron los puestos. No sucedió esto exactamente, tampoco, puesto que los locos habían estado en libertad, pero los guardianes fueron encerrados en celdas en el acto, y tratados "siento decirlo, de una manera muy brusca".
-Pero, presumo que una contrarrevolución tuvo lugar en seguida. Este estado de cosas no pudo durar mucho. Los campesinos de los alrededores, los visitantes que vienen a ver el establecimiento, hubiesen dado la señal de alarma.
-En esto se equivoca usted. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para esto. No admitió ningún visitante; con la excepción, un día, de un caballero joven de un aspecto muy estúpido, de quien no tenía motivo para tener miedo. Le dejó entrar a ver el lugar, exclusivamente a modo de novedad, para divertirse un poco con él. Tan pronto como le hubo chasqueado lo suficiente, le echó fuera, y le mandó a ocuparse de sus asuntos.
-Y entonces, cuanto reinaron los locos?
-Oh, mucho tiempo, realmente: un mes con seguridad. Cuanto más?No puedo precisarlo. Mientras tanto, los locos pasaron una alegre temporada, eso puede usted jurarlo. Se quitaron sus propias ropas usadas, y se hicieron con el guardarropas y las joyas de la familia. Las cuevas del Chateau estaban bien surtidas de vino; y estos locos son precisamente los diablos que saben beberlo. Vivieron bien, puedo decirselo.
-Y el tratamiento;cuales eran las variedades particulares del tratamiento que el jefe de los rebeldes puso en ejecución?
-Pues, en cuanto a eso, un loco no es necesariamente un idiota, como ya le he hecho ver; y es mi opinión honrada que este tratamiento era un tratamiento mucho mejor que el que sustituyó. Era un sistema muy importante, realmente; simple, claro, sin ninguna molestia; en realidad era delicioso, lo era.
Aquí las observaciones de mi anfitrión se vieron cortadas en seco por otra serie de alaridos de la misma clase que los que anteriormente nos habían desconcertado.Esta vez, sin embargo, parecían proceder de personas que se acercaban rápidamente.
-Cielo Santo! -exclamé-. Los locos, sin duda, se han escapado.
-Me temo mucho que así sea-contestó monsieur Maillard, poniéndose muy pálido. Apenas había concluido la frase, cuando fuertes gritos e imprecaciones se oyeron bajo las ventanas; e inmediatamente después, se hizo evidente que algunas personas, fuera, se estaban esforzando por ganar la entrada a la habitación. La puerta fué golpeada, con lo que parecía ser una mandarria, y los cierres fueron arrancados y lanzados con una violencia prodigiosa.
Una escena de la más terrible confusión sobrevino. Monsieur Maillard, con gran asombro mio, se arrojó debajo del aparador. Yo esperaba más resolución de parte suya. Los miembros de la orquesta, que durante los últimos quince minutos habían estado, al parecer, demasiado intoxicados para cumplir su oficio, todos a una, se pusieron en pié y se lanzaron sobre sus instrumentos, y trepando a su mesa, rompieron con un acorde a tocar el Yankee Boodle, que ejecutaron, si no exactamente a tono, a lo menos con una energía sobrehumana, durante todo el tumulto.
Mientras tanto, sobre la mesa de comer principal, entre las botellas y los vasos, brincó el caballero a quien, con tanta dificultad, se habia impedido brincar antes. Tan pronto como se instaló, empezó un discurso, que sin duda, hubiese sido muy bonito si se le hubiera podido oir. Al mismo tiempo, el hombre con la predilección por el trompo, empezó a girar alrededor del cuarto, con una energía enorme, y con los brazos extendidos en ángulo recto con su cuerpo; de tal manera que tenía todo el aspecto de un peón de verdad, y derribaba a todo el que se cruzaba en su camino. Y, además, al oír un increíble ruido de descorchar y burbujear el champán, descubrí, a distancia, que procedía de la persona que actuaba de botella, de aquella deliciosa bebida, durante la cena. Y después, el hombre rana cantó como si la salvación de su alma dependiese de cada ntoa que emitía. Y en medio de todo esto, el continuo rebuzno de un burro se sobrepuso a todo. Con respecto a mi vieja amiga, la señora Joyeuse, pude realmente haber llorado por la pobre, parecía estar tan terriblemente perpleja!
Todo lo que hizo, sin embargo, fué estar de pie en un rincón, al lado de la chimenea, y cantar sin cesar a toda voz:"ki-ki-ki-ki"
Y ahora llegó el colmo, la catástrofe del drama. Como, aparte de los gritos, de los alaridos y del cacareo, no se ofrecía ninguna resistencia a los abusos del grupo de fuera, las diez ventanas fueron rotas con gran rapidez y casi simultáneamente. Pero jamás olvidaré las sensaciones de asombro y de terror que sentí, cuando, saltando a través de estas ventanas y sobre nuestro revoltijo, luchando, pateando, arañando y aullando, irrumpió allí un perfecto ejercito, que yo tomé por chimpancés, orangutanes o grandes mandriles negros del cabo de Buena Esperanza.
Recibí una paliza terrible, después de lo cual, rodé debajo de un sofá y permanecí quieto. Después de estarme allí echado unos quince minutos, durante cuyo tiempo, sin embargo, escuché con todo mi oído lo que ocurría en el cuarto, caí en el desenlace satisfactorio de esta tragedia. Monsieur Maillard, parece ser, al contarme la historia del loco que había excitado a los camaradas a la rebelión, se había limitado a relatar sus propias hazañas. Este caballero, en realidad, había sido, unos dos o tres años antes, director del establecimiento; pero habíendose vuelto loco, se convirtió a su vez en enfermo. Este sucedido era desconocido para el compañero de viaje que me presentó a él.
Los guardianes, en número de diez, súbitamente vencidos fueron bien untados de alquitrán, después emplumados cuidadosamente, y encerrados de esta manera durante más de un mes, durante cuyo tiempo monsieur Maillard les había concedido generosamente, no solamente las plumas y el alquitrán (que constituían su sistema), sino también algo de pan y agua abundante. Esta última se les echaba encima a chorros todos los días. Por fin, uno que se escapó por una alcantarilla dió suelta a todos los demás.
El "sistema dulzura", con modificaciones importantes, se ha reanudado en el Chateau; sin embargo, no puedo evitar el estar de acuerdo con Monsieur Maillard, en que su propio tratamiento era uno de los principales en su clase.
Como hizo observar, era "simple, claro, y no daba ninguna molestia, ni la más mínima".
Sólo tengo que agregar que, a pesar de haber buscado en todas las librerías de Europa los trabajos del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, hasta hoy, he fracasado completamente en mis esfuerzos por conseguir un ejemplar.

jueves, 27 de enero de 2011

Solo por Amor Cuento de Jorge Bucay

Camino por mi camino.
Mi camino es una ruta con un sólo carril, el mío.
A mi izquierda un muro eterno, separa mi camino del camino de alguien que transita a mi lado, del otro lado del muro. De vez en cuando en ese muro hay un agujero, una ventana, una hendidura...y puedo mirar hacia el camino de mi vecino o vecina. Un día mientras camino, creo ver, del otro lado del muro, una figura que pasa a mi ritmo, en mi misma dirección. Miro esa figura: es una mujer, es hermosa.Ella también me vé, me mira. La vuelvo a mirar. Le sonrío y ...me sonríe.
Un momento después ella sigue andando su camino y yo apuro la marcha porque espero ansiosamente la próxima oportunidad de cruzarme con esa mujer.
En la próxima ventana me detengo un minuto. Cuando ella llega nos miramos a través de la ventana. Parece tan encantada conmigo como yo con ella. Le digo por señas lo mucho que ella me agrada. Me contesta con señas. No sé si significan lo mismo que las mias, pero intuyo que ella entiende lo que quiero decirle.
Siento que me quedaría un largo rato mirándola y dejándome mirar, pero sé que mi camino continúa... Me digo que más adelante en el camino habrá seguramente una puerta y quizás pueda yo cruzar a encontrarme con ella.
Nada dá más certeza que el deseo, así que me apuro a encontrar la puerta que imagino.
Empiezo a correr con la vista clavada en el muro. Un poco más adelante la puerta aparece. Allí está del otro lado, mi ahora deseada y amada compañera, esperando, esperándome. Le hago un gesto, ella me devuelve un beso en el aire. Me hace una seña como llamándome, es todo lo que necesito. Emprendo contra la puerta para reunirme con ella, de su lado del muro.
La puerta es muy estrecha, paso una mano, paso el hombro, hundo un poco la panza, me retuerzo un poquito sobre mí mismo, casi consigo pasar mi cabeza pero mi oreja derecha se queda trabada. Empujo. No hay caso, no pasa.
Y no puedo usar mi mano para torcerla, porque no podría poner ni un dedo allí...
no hay espacio para pasar con mi oreja, así que tomo una decisión...
(porque mi amada está allí y me espera)...(porque es la mujer que siempre soñé y me llama...)...Saco una navaja de mi bolsillo y de un sólo tajo rápido, me animo a darme un corte en la oreja para que mi cabeza pase por la puerta. Y tengo éxito, mi cabeza consigue pasar...Pero después de mi cabeza, veo que es mi hombro el que queda trabado. La puerta no tiene la forma de mi cuerpo. Hago fuerza, pero no hay remedio, mi mano y mi cuerpo han pasado, pero mi hombro y mi otro brazo no pasan...
Ya nada me importa, así que...retrocedo, y sin pensar en las consecuencias, tomo envió y fuerzo mi paso por la puerta.
Al hacerlo, el golpe desarticula mi hombro y el brazo queda colgando como sin vida, pero ahora, afortunadamente, en una posición tal que puedo atravesar la puerta... ya casi...casi, estoy del otro lado.
Justo cuando estoy a punto de terminar de pasar por la hendidura, me doy cuenta de que mi pié derecho se ha quedado enganchado del otro lado.
Por mucho que fuerzo y me esfuerzo, no puedo pasarlo. No hay caso, la puerta es demasiado angosta para que mi cuerpo entero pase por ella. Demasiado angosta, no pasan mis dos pies...No lo dudo. Estoy ya al alcance de mi amada. No puedo echarme atrás...Así que, agarro el hacha y apretando los dientes, doy el golpe y desprendo la pierna. Ensangrentado, a los saltos, apoyado en el hacha y con el brazo desarticulado, con una oreja y una pierna menos, me encuentro con mi amada.
Le digo:-Aquí estoy, por fin he pasado. Me miraste, te miré y me enamoré. He pagado todos los costos por tí. Todo vale en la guerra y el amor. No importan los sacrificios...valían la pena si eran para encontrarse contigo...para poder seguir juntos...juntos para siempre...
Ella me mira, se le escapa una mueca y me dice:- Así no, así no quiero...a mí me gustabas cuando estabas entero.

viernes, 6 de agosto de 2010

"EL DIA QUE SARA..."

Cuando la luz se apagó.

Ella sintió la oscuridad, temiendo perderse, meditabunda pensaba
-¿podré ver la luz nuevamente?
Sara atravesaba momentos de angustia y soledad. Todo estaba oscuro para ella y aunque destellos de luz se asomaban no eran suficientes para disipar las nubes.
Hundida en ese oscuro paisaje, su mente llena de miedo y confusión la fué llevando hacia un túnel sin salida (casi sin darse cuenta) quedando sumergida en un estado inimaginable.
Algunos se alejaban de ella, otros la criticaban sin poder entenderla, otros se apiadaban aunque nada de ello le servía.
Multitud de pensamientos y emociones la atrapaban y también confundian porque allí en su esencia había un profundo deseo de volver a la superficie y de ver la luz nuevamente.

Vida-Muerte

-pero ¿como puedo hacerlo? se preguntaba.

Recordó los días de su infancia: hubo días de luz aunque parecían tan lejanos...
Quizá no duraron mucho en el tiempo pero existieron e intentaba recordar y aferrarse a ellos, recuperarlos y traerlos al presente.

-¿como crear esos días ahora? quizá ya no sea posible, pensaba...

Nuevamente la oscuridad la atrapaba y dejaba sin aliento, sin ganas y sin esperanza,
y una voz interna que sonaba muy suave que solía decirle "es posible".

Desconocía el camino, tampoco sabía el cómo y una especie de intuición emergía en su conciencia y quizá en su corazón.

Así pasaron muchos meses ( es curioso la vivencia del tiempo ante la angustia a veces llegando a sentirse eterno) y esa voz interna de tanto en tanto expresandose.
Simultaneamente el miedo y la oscuridad seguían tomando fuerza.
....

La batalla fué ganada " pudo ver la luz"

Recuperó la confianza en sí misma con fé en que alguna razón habría para mantenerse viva.

El coraje y la determinación irrumpieron una mañana con fuerza arrolladora removiendo todo como un torbellino de manera sobrenatural.
Una corriente de energía se apoderó de ella, imposible expresar con palabras.
Atónita ante esta fuerza inexplicable cuando estaba a punto de perderse completamente.

Se dijo a sí misma -"BASTA", no quiero más lastimarme ni que otros me lastimen-
y la firmeza en su mente comenzó el proceso.

No le fué fácil, quería llegar a la meta "ver nuevamente la luz", aquella que te muestra el camino, te crea entusiasmo y esperanza.
-¿Por que bajar los brazos?- se decía
-¿Por qué permitir que la creencia del miedo y la desolación se instale firmemente y me atrape en la oscuridad?- se preguntaba.

Día a día su esfuerzo fué mostrando logros...
momentos de mayor fortaleza que aprovechaba cuidadosamente y algunos de debilidad luchaba en silencio pero sin armas: sóla con Su Mente.

Descubrió su poder, ella podía ser su mejor amiga o enemiga y eso fué maravilloso!!!!!!

No era algo nuevo, sin embargo ahora podía comprenderlo.
Y las semillas del amor, el autorrespeto y la tolerancia comenzaron a dar sus frutos en el momento preciso
y Sara entera y radiante volvió a la luz...

Aprendió muchas cosas:
había crecido, madurado
ya no necesitaba tanto de otros, sóla también podía
y sobretodo
redescubrir que
lo más genuino
lo verdadero
lo que más necesitaba
estaba allí, en su interior
esperándola
para llevarla a la luz...... nuevamente.