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jueves, 17 de septiembre de 2009

EL HOMBRE DEL ANTIFAZ AZUL de ALEJANDRA PIZARNIK

A. empezaba a cansarse de estar sentada sin nada que hacer.
No hace nada pero lo hace mal, recordó.
Un hombrecillo de antifaz azul pasó corriendo junto a ella. A. no consideró extraordinario que el hombrecillo exclamara:
-Los años pasan; voy a llegar tarde.
Sin embargo, cuando el enmascarado sacó de un bolsillo una pistola, y después de consultarla como a un reloj aceleró el paso, A. se incorporó, y ardiendo de oscuridad, corrió detrás del ocultado, llegando con el tiempo justo de verlo desaparecer por una madriguera disimulada. Inmediatamente, entró tras él.
La madriguera parecía recta como un túnel, pero de pronto,y esto era del todo inesperado, torcía hacia abajo tan bruscamente que A. se encontró cayendo-como aspirada por la boca del espacio-por lo que parecía ser un pozo.
O el pozo era muy hondo o ella caía con la lentitud de un pájaro, pues tuvo tiempo, durante la caída, de mirar atentamente a su alrededor y preguntarse que iba a suceder a continuación (¿acaso el encuentro del suelo con su cabeza?) Primero trató de mirar hacia abajo, para informarse del sitio en donde iba a caer, pero la oscuridad era demasiado intensa; después miró a los lados y observó que las paredes del pozo estaban cubiertas de armarios llenos de objetos. Vio, entre otras cosas, mapas, bastones de caramelo, guantes de damas antiguas, un astrolabio, un chupete, un cañon, un caballo pequeñisimo espoleado por un San Jorge de juguete embistiendo a un dragón de plexiglás, un escarabajo de oro, un caballo de calesita, un dibujo de la palma de la mano de Lord Chandos, una salamandra, una niña llorando a su propio retrato, una lámpara para no alumbrar, una jaula disfrazada de pájaro...En fin, tomó de uno de los estantes una caja negra de vidrio pero comprobó, no sin decepción, que estaba vacía. No queriendo tirar la caja por miedo de matar a alguien que estuviera más abajo, la tiró igual.
-Después de una caida así, rodar por una escalera no tendría ninguna importancia- pensó.
Evocó escaleras, las más desgastadas, a fin de convocar muertos y otros motivos de miedos nocturnos. Pero se sentía valiente y no podía no recordar este verso: La caida sin fin de muerte en muerte.
¿Es que no terminaría nunca la caida? Seguía cayendo, cayendo. No le era dado hacer otra cosa. Recordó:
...caen
los hombres resignados
ciegamente, de hora
en hora, como agua
de una peña arrojada
a otra peña, a través de los años
en lo incierto, hacia abajo.

A. comenzaba a sentir sueño; mientras seguia cayendo se escuchó preguntar:
-Y que pasa si uno no se muere? ¿Y qué muere si uno no se pasa?
Como no podía contestarse a ninguna de las preguntas, tanto daba formular una que otra. Sus ojos se cerraron y soñó que conducia un camión de transporte de antifaces.
De repente, se estrelló contra un colchón. La cáida había terminado.

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