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martes, 24 de mayo de 2011

Sencillez glamurosa

En estos tiempos actuales tan glamurosos
y camuflados
como damos lugar a la sencillez?
cualidad tan valiosa y desdibujada...

Algunas veces por elección,otras
necesidad, otras por fuerza.
Deberíamos otorgarle un lugar más honrado,
más digno al descubrir
la belleza
de su simplicidad.

Abramos la puerta
a la sencillez.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Sistema del Doctor Alquitrán y del Profesor Pluma. Edgar Allan Poe

En el otoño de 18.., durante una excursión por las provincias extremas del sur de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé o manicomio privado, sobre el cual me habían hablado mucho, en París, mis amigos médicos. Como no había visitado nunca un lugar de esta clase, creí la oportunidad demasiado buena para perderse; y, por tanto, propuse a mi compañero de viaje (un caballero con quien había hecho conocimiento casual pocos días antes), que podíamos desviarnos, durante una hora o así, y examinar el establecimiento. A esto se opuso-alegando la premura, en primer lugar, y, en segundo, un horror muy corriente a la vista de un loco. Me rogó, no obstante, que no permitiese que ninguna mera cortesía hacia él se interpusiera a la satisfacción de mi curiosidad, y dijo que cabalgaría despacio, al objeto de que pudiese alcanzarle durante el día, o, a lo sumo, durante el siguiente. Cuando se despedía de mí, se me ocurrió que tal vez hubiese alguna dificultad en conseguir paso a la propiedad, y manifesté mis temores sobre este punto. El contestó que, en efecto, a menos que conociese personalmente al director, monsieur Maillard, o tuviese alguna credencial, tal como una carta de recomendación, pudiera encontrarse alguna dificultad, puesto que las ordenanzas de estos manicomios privados eran más rigidas que las de los hospitales públicos. Por su parte, agregó había conocido, hace unos años, a Maillard, y por ayudarme iría a caballo hasta la puerta, y me presentaría; aunque su sentir en cuanto a la locura, no le permitiría entrar en la casa.
Le di las gracias, y saliendo de la carretera principal, entramos en una vereda, crecida de hierba, que a la media hora, casi se perdió en un espeso bosque que cubría la base de una montaña. A través de este bosque, humedo y sobrío, cabalgamos unas dos millas, hasta que la Maison de Santé aparecíó a nuestra vista. Era un chateau fantástico, bastante ruinoso, y en verdad poco habitable, debido a su antiguedad y abandono. Su aspecto me inspiró un gran terrror, y refrenando mi caballo, estuve a punto de dar la vuelta. Sin embargo, en seguida me sentí avergonzado de mi flaqueza y continué.
Según cabalgábamos hacia la puerta de entrada, observé que estaba entreabierta y que la figura de un hombre asomaba por ella. Un instante después, este hombre se adelantó, se dirigió a mi acompañante por su nombre, le estrechó cordialmente la mano y le rogó que se apease del caballo.
Era el propio monsieur Maillard. Un caballero de la antigua escuela, majestuoso y de aspecto agradable, con ademanes finos y un cierto aire de seriedad, dignidad y autoridad que impresionaba.
Mi amigo, una vez que me hubo presentado, indicó mi deseo de inspeccionar el establecimiento, y obtuvo de monsieur Maillard la seguridad de que me atendería en todo lo posible; se despidió, y no le volví a ver.
Cuando se hubo marchado, el director me introdujo en un pequeño saloncito extremadamente limpio, en el que había, entre otras pruebas de gusto refinado, muchos libros, dibujos, jarrones de flores e instrumentos de música.
Yo había oído, en París, que la institución de monsieur Maillard estaba dirigida con arreglo a lo que vulgarmente se llama el "sistema de dulzura"-que estaban abolidos todos los castigos, que hasta se recurría pocas veces al encierro-, que a los enfermos, vigilados en secreto, se les dejaba en una gran libertad aparente y que, a la mayor parte de ellos, se les permitía vagar por la casa y por los jardines con la vestimenta corriente de las personas en su sano juicio.
Mis primeras palabras fueron para solicitar del director una explicación del famoso sistema.
-Desde hace varias semanas-me contestó-hemos decidido renunciar a él para siempre.
-Realmente! Me deja usted asombrado!
-Nos fué-dijo suspirando-absolutamente necesario volver a las costumbres antiguas. El peligro del sistema de dulzura era, en todo momento, aterrador; y sus ventajas han costado muy caras. Creo, señor, que en esta casa ha habido una prueba clara, como en ninguna otra. Hicimos todo lo que la humanidad racional puede sugerir. Siento que no haya usted podido visitarnos en una época anterior, en que hubiera podido juzgar por usted mismo. Pero presumo que conoce a fondo las prácticas de dulzura, sus detalles.
-En conjunto, no. Lo que he oído ha sido de tercera o cuarta mano.
-Entonces, voy a definir el sistema, en términos generales, como aquel en que los enfermos estaban menages, consentidos. No contradeciamos ningún capricho que entrase en el cerebro del loco. Al contrario, no solamente los consentíamos, sino que los fomentábamos; y muchas de nuestras curas más definitivas han sido efectuadas así. No hay ningún argumento que influya sobre la débil razón del loco como el reductio ad absurdum. Hemos tenido hombres, por ejemplo, que se creían pollos. La cura consistía en insistir sobre ello como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez al no percibirlo suficientemente como un hecho, y por tanto, negarle todo otro alimento, durante una semana, que aquel que corresponde propiamente a un pollo. De esta manera, un poco de trigo y de arena hacían maravillas.
-¿Pero era esta clase de consentimientos todo?
-De ningún modo. Poníamos mucho empeño en diversiones simples, tales como música, baile, ejercicios gimnásticos, en general, juegos de cartas, cierta clase de libros, etc. Aparentábamos tratar a cada individuo como si sufriese cualquier trastorno fisico ordinario; y la palabra locura no se empleaba jamás. Un punto interesante era hacer que cada loco vigilase los actos de todos los demás. Poner la confianza en el entendimiento o la discreción de un loco es ganarle en cuerpo y alma. De esta manera, podiamos prescindir de un costoso cuerpo de guardianes.
-¿Y no tenían castigos de ninguna clase?
-Ninguno.
-¿Y nunca encerraba usted a sus enfermos?
-Muy rara vez. De tarde en tarde, como la enfermedad de algún individuo entrase en crisis, o tomara un repentino giro de furia, le conduciamos a una celda secreta, con objeto de que su trastorno no contagiase a los demás, y allí le teníamos hasta que podíamos mandarlo con sus amigos; pues con locos furiosos no tenemos nada que hacer. Por lo general, se les envía a los hospitales públicos.
-¿Y ahora ha cambiado usted todo esto, y cree que para bien?
-Decididamente. El sistema tiene sus inconvenientes, y hasta sus peligros. Hoy en día, por fortuna, ha sido desechado de todas las Maisons de Santé de Francia.
Sin embargo, después de cenar, cuando se haya repuesto suficientemente de las fatigas de su viaje a caballo, será para mí un placer darle una vuelta por la casa, y mostrarle un sistema que, a mi modo de ver, y al de todo aquel que ha apreciado sus resultados, es incomparablemente el más eficaz que hasta ahora se conoce.
-¿El suyo?-pregunté-.¿Uno inventado por usted?
-Estoy orgulloso-contestó-de confesar que lo es, por lo menos, en parte.
De este modo hablé con monsieur Maillard una o dos horas, durante las cuales me enseñó los jardines y los invernaderos de la finca.
-No puedo dejarle que vea mis enfermos en este momento-dijo-.Para un espíritu sensible hay siempre auge de más o menos repugnante en estas exhibiciones; y no quiero estropear su apetito para la cena. Cenaremos.
A las seis, fué anunciada la cena; y mi anfitrión me condujo a una gran salle a manger donde estaba reunida una compañia muy numerosa, veinticinco o treinta en total. Eran, al parecer, personas de categoría-sin duda de educación refinada-, aunque sus vestimentas me parecieron de una riqueza extravagante. Observé que por lo menos los dos tercios de estos invitados eran señoras; y algunas de estas últimas no se vestían en modo alguno con lo que un parisino consideraría de buen gusto en la actualidad. En suma, había un aire algo raro en el vestir de toda la reunión,que, al principio me hizo volver a mi primera idea del "sistema de dulzura", y ocurrirseme que monsieur Maillard había estado queriendo engañarme hasta después de cenar, para que no experimentase sensaciones desagradables durante la comida, al encontrarme cenando con locos; pero recordaba que me habían dicho, en Paris, que los provincianos del sur eran gente particularmente excentrica, con gran número de ideas anticuadas; y, además, al hablar con varios miembros de la reunión, mis temores se disiparon inmediatamente y por completo.
Había varios criados diligentes sirviéndonos; y, sobre una gran mesa, en el extremo más lejano del cuarto, estaban sentadas siete u ocho personas con violines, pifanos, trombones y un tambor. Estos muchachos me molestaban mucho, a intervalos, durante la cena, con una variead infinita de ruidos, que querían pasar por música y que parecían entretener mucho a todos los presentes, excepto a mí.
En conjunto, no pude evitar el pensar que había mucho de bizarre en todo lo que veía; pero el mundo se compone de toda clase de gentes, con modos distintos de pensar y variedad de costumbres convencionales. Había viajado, además, lo suficiente para ser todo un adepto del mil admirari; así es que tomé asiento muy serenamente a la derecha de mi anfitrión, y, como tenía gran apetito, hice justicia al festín que me pusieron delante.
La conversación, entre tanto, era animada y general. Las señoras, como siempre, hablaban mucho. Observé en seguida que casi toda la concurrencia estaba bien educada; y mi anfitrión era un dechado de anécdotas de buen humor. Parecía deseoso de hablar de su situación como director de una Maison de Santé; y, en verdad, el tema de la locura era, con gran sorpresa mía, uno de los favoritos de todos los presentes. Se contaron muchos cuentos graciosos referentes a las chifladuras de los enfermos.
-Tuvimos aquí una vez-dijo un señor gordo y pequeño, sentado a mi derecha-una persona que se había metido en la cabeza que era un burro, cosa que, hablando en metáfora, usted dirá, era absolutamente cierto. Era un enfermo engorroso y nos costó mucho trabajo mantenerle a raya. Durante mucho tiempo no quiso comer nada más que cardos; pero bien pronto le curamos de esta manía, insistiendo en que no comiese ninguna otra cosa. Después estaba constantemente coceando, así, así.
-Señor de Kock!- Le agradecería que se comportase!interrumpió aquí una señora vieja, sentada al lado del que hablaba-Tenga, por favor, sus pies en su sitio!Me ha estropeado usted los bordados!¿Es acaso necesario, le ruego, ilustrar una afirmación en forma tan real?
-Después-dijo un personaje de aspecto cadavérico, próximoal extremo de la mesa, recogiendo el hilo de la conversación donde se había roto-, entre otras rarezas, tuvimos un enfermo, una vez, que con gran interés se empeñaba en ser un queso de Cordoba, e iba, con un cuchillo en la mano, pidiendo a sus amigos que probasen una pequeña loncha del centro de su pierna.
-Era un gran loco, sin duda-interrumpió alguien-, pero nunca comparable con cierto individuo, a quien todos conocemos, con la excepción de este forastero. Me refiero al hombre que se creía una botella de champánm y que siempre hacía el ruido de descorchar y un siseo de esta manera.
Aquí el que hablaba, según me pareció, muy groseramente, puso su pulgar derecho en su carrillo izquierdo, lo separó con un ruido parecido al de sacar un corcho, y después, por medio de un hábil movimiento de la lengua sobre los dientes, produjo un agudo silbido y siseo, que duró varios minutos, imitando el burbujeo del champán. Vi claramente que este comportamiento no agradaba mucho a monsieur Maillard; pero este señor nada dijo,y la conversación se vió reanudada por un hombre pequeño, muy enjuto, que usaba una gran peluca.
-Y había también un simple-dijo-que se creía una rana, a la que, sea dicho de paso, se parecía en no poco. Desearía que hubiese podido verle-aquí el que hablaba se dirigió a mí-, le hubiese a usted encantado ver los aires de naturalidad que ponía en ello.Señor, si ese hombre no era una rana, sólo puedo decir que es una pena que no lo fuese. Su croar, así-croa!,cr-o-o-o-a!-era la nota más bonita del mundo-un sí bemol-, y cuando ponía los codos encima de la mesa, así, después de tomar uno o dos vasos de vino, y ensanchaba la boca, así y había girar los ojos, asi, y los guiñaba con excesiva rapidez, así entonces, señor, lo digo por mi mismo, sin duda se hubiese usted quedado admirado del genio de este hombre.
-No lo dudo-dije.
-Y además-dijo otro de la reunión-estaba entonces Bouffon Le Grand, otro personaje extraordinario a su manera. Le provino el trastorno a causa del amor, y se creía poseedor de dos cabezas. Una de estas sostenía que era la cabeza de Cicerón; la otra se le figuraba compuesta, sienda la de Demóstenes, desde lo más alto de la frente hasta la boca, y la de lord Brougham desde la boca a la barbilla.Era imposible que no estuviese equivocado, pero le hubiera convencido de que estaba en lo cierto, porque era un hombre de gran elocuencia.Tenía una pasión enorme por la oratoria, y no podía dejar de demostrarla. Por ejemplo, acostumbraba a saltar sobre la mesa de cor, así, y...y...
Aquí mi amigo, al lado del que hablaba, puso una mano sobre sus espaldas, y susurró algunas palabras a su oído; ante lo que éste dejó de hablar rápidamente, y se hundió de nuevo en su silla.
-Y además-dijo el amigo que había susurrado-estaba Boullard, el trompo. Le llamo el trompo porque,en realidad, estaba embargado por la extravagancia, divertida, pero no del todo irracional, de que se había convertido en un peón. Hubiera usted rugido de hilaridad al verle girar. Hubiera dado vueltas sobre u n talón a estas horas, de esta manera, así.
Aqui el amigoa quien acababa de interrumpir con un susurro desempeño un oficio exactamente igual respecto a él.
-Pero-gritó una señora vieja a toda voz-su señor Boullard era un loco, y un loco muy tonto, poniéndolo en lo mejor; ¿quién, permitame preguntarle, ha oído hablar de un peón humano?La cosa es absurda. La señora Joyeuse era una persona más sensata,como usted sabe. Tenía una chifladura, pero inspirada por el sentido común, y agradaba a todo el que tenía el honor de conocerla. Descubrió, por reflexionarlo mucho, que por algún accidente, se había convertido en gallo; pero, como tal, se comportaba bien. Aleteaba con un efecto prodigioso, así, así así, y con respecto a su cacareo, era delicioso:Kikiriki, cok.cok...!
-Señora Joyeuse, la agradecería que se comportase!-interrumpió nuestro anfitrión, muy enfadado-.Puede usted o bien portarse como debe hacerlo una señora, o abandonar la mesa inmediatamente:escoja.
La señora(a la que yo estaba asombrado de haber oído nombrar señora Joyeuse, después de la descripción de la señora Joyeuse que acaba de dar) se ruborizó hasta las cejas y aparentó estar muy avergonzada de la reprimenda. Dejó caer la cabeza y no contestó ni una sílaba.
De repente se oyeron una serie de fuertes gritos; o alaridos,que procedían de una de las partes del cuerpo principal del chateau.
Mis nervios estaban muy irritados, a la verdad, por estos alaridos; pero los demás de la reunión me dieron, verdadera lástima. En mi vida he visto un grupo de gente razonable tan totalmente atemorizado. Se pusieron todos tan pálidos como otros tantos cadáveres, y encogiéndose en sus asientos, empezaron a tiritar y a farfullar con terror, escuchando si se repetía el ruido. Se oyó de nuevo, más fuerte, y al parecer más cercano, y luego por tercera vez muy fuerte, y luego por cuarta con una intensidad evidentemente disminuía. Ante este aparente apagamiento del ruido, los espíritus de la reunión se rehicieron inmediatamente,y todo fué animación y anécdota como antes. Entonces me aventuré a preguntar la causa del alboroto.
-Una mera bagatela-dijo monsieur Maillard-:estamos acostumbrados a estas cosas, y hacemos poco caso de ellas. Los locos, a cada momento arman un griterío a coro; unos excitan a los otros, como ocurre algunas veces con una manada de perros por la noche. De vez en cuando, ocurre, sin embargo, que el concierto de alaridos vaya sucedido de un esfuerzo simultáneo para escaparse; entonces, desde luego, es de temer algún pequeño peligro.
-Le he oído decir que el sistema que usted ha adoptado, en vez del célebre sistema de dulzura, era de una severidad muy rigurosa?
-De ninguna manera. Nuestra reclusión es necesariamente rigurosa; pero el tratamiento, el tratamiento médico quiero decir, es más agradable para los enfermos que otra cosa.
-Y el nuevo sistema es de su propia invención?
-No en su totalidad. Algunas de sus partes se debenal profesor Alquitrán, de quien usted ha oído hablar necesariamente; y además, hay modificaciones en mi plan que yo me complazco en advertir que pertenece por derecho al célebre Pluma, con quien, si no me equivoco, tiene usted el honor de una amistad intima.
-Estoy completamente avergonzado de confesar-contesté-que ni siquiera he oído los nombres de ninguno de estos caballeros antes.
-Cielo Santo!-exclamó mi anfitrión echando hacia atrás su silla precipitadamente, y levantando las manos-Con seguridad que no os oigo bien! Que no ha oído nunca hablar ni del erudito doctor Alquitrán, ni del célebre profesor Pluma?
-Me veo forzado a confesar mi ignorancia-contesté-;pero la verdad debe mantenerse inviolada sobre todas las cosas. No obstante, me siento humillado hasta el polvo de no estar enterado de los trabajos de estos extraordinarios hombres, sin duda. Buscaré sus escritos sin pérdida de tiempo, y los leeré con premeditado cuidado. Monsieur Maillard, realmente usted me ha...!Debo confesarlo, realmente usted ha hecho que me averguence de mi mismo! Y esta era la pura verdad.
-No diga más, mi joven amigo-dijo cariñosamente apretándome la mano-;acompañeme ahora con un vaso de Santemé.
Bebimos. La reunión siguió nuestro ejemplo sin escatimar. Charlaron, bromearon, rieron, cometieron cientos de absurdos, los violines chillaron, el tambor redobló, los trombones rugieron como otros tantos toros bronceados de Falaris, y toda la escena, creciendo gradualmente a peor y peor, según ganaban ascendiente los vinos, se convirtió finalmente en una especie de pandemonium in petto. Mientras tanto, monsieur Maillard y yo, con algunas botellas de Santerne y de Vougeot entre ambos, continúabamos nuestra conversación a toda voz. Una palabra hablada en un diapasón ordinario no tenía más oportunidad de ser oída que la voz de un pez en el fondo de las cataratas del Niágara.
-Y señor-dije gritándole al oído-, mencionó usted algo antes de la cena sobre el peligro en que incurría el viejo sistema de dulzura. Que es eso?
-Sí-contestó-había, en ocasiones, mucho peligro, en realidad. No hay límite para los caprichos de los locos; y, en mi modo de ver, así como en el del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, nunca es seguro permitirles andar con gran libertad. Un loco puede estar "apasiguado" como se dice, durante un cierto tiempo, pero, al final, está muy propenso a llegar a ser turbulento. Su marrullería, también, es proverbial y grande. Si tiene un proyecto en perspectiva, oculta su propósito con una sabiduría maravillosa; y la destreza con que falsea la cordura, ofrece, a los metafísicos, uno de los problemas más curiosos en el estudio del entendimiento. Cuando un loco parece enteramente sano, realmente, es el gran momento pra ponerle la camisa de fuerza.
-Pero el peligro, querido señor, de que usted hablaba, por su experiencia propia, durante su dirección de esta casa ¿ha tenído usted razón práctica para creer arriesgada la libertad en el caso de un loco?
-Aquí? Por mi propia experiencia? Claro...,quiere decir sí. Por ejemplo: no hace mucho tiempo, un suceso curioso ocurrió en esta misma casa. El sistema de dulzura, que usted conoce, estaba entonces en vigor y los enfermos se hallaban en libertad. Se portaban muy bien, tanto que cualquiera con sentido podía haber deducido que un proyecto diabólico estaba elaborándose, del hecho particular de que los muchachos se portasen tan excepcionalmente bien. Y, naturalmente, una buena mañana, los guardianes se encontraron atados de pies y manos, y arrojados en las celdas, donde los atendían como si fuesen los locos, los locos mismos, que habían usurpado los oficios de los guardianes.
-No diga usted eso!Nunca oí cosa tan absurda en mi vida!
-Cierto, todo sucedió a causa de un individuo estúpido, un loco, quién, de alguna manera, se había metido en la cabeza que había inventado un sistema de gobierno mejor que ninguno de los que se había oído hablar antes, de gobierno de locos, quiero decir. Deseó hacer una prueba de su sitema, supongo, y para ello persuadió al resto de los enfermos para que se le uniesen en una conspiración, al objeto de arrojar a los poderes reinantes.
-Y tuvo éxito en realidad?
-Sin duda alguna. Los guardianes y guardados cambiaron los puestos. No sucedió esto exactamente, tampoco, puesto que los locos habían estado en libertad, pero los guardianes fueron encerrados en celdas en el acto, y tratados "siento decirlo, de una manera muy brusca".
-Pero, presumo que una contrarrevolución tuvo lugar en seguida. Este estado de cosas no pudo durar mucho. Los campesinos de los alrededores, los visitantes que vienen a ver el establecimiento, hubiesen dado la señal de alarma.
-En esto se equivoca usted. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para esto. No admitió ningún visitante; con la excepción, un día, de un caballero joven de un aspecto muy estúpido, de quien no tenía motivo para tener miedo. Le dejó entrar a ver el lugar, exclusivamente a modo de novedad, para divertirse un poco con él. Tan pronto como le hubo chasqueado lo suficiente, le echó fuera, y le mandó a ocuparse de sus asuntos.
-Y entonces, cuanto reinaron los locos?
-Oh, mucho tiempo, realmente: un mes con seguridad. Cuanto más?No puedo precisarlo. Mientras tanto, los locos pasaron una alegre temporada, eso puede usted jurarlo. Se quitaron sus propias ropas usadas, y se hicieron con el guardarropas y las joyas de la familia. Las cuevas del Chateau estaban bien surtidas de vino; y estos locos son precisamente los diablos que saben beberlo. Vivieron bien, puedo decirselo.
-Y el tratamiento;cuales eran las variedades particulares del tratamiento que el jefe de los rebeldes puso en ejecución?
-Pues, en cuanto a eso, un loco no es necesariamente un idiota, como ya le he hecho ver; y es mi opinión honrada que este tratamiento era un tratamiento mucho mejor que el que sustituyó. Era un sistema muy importante, realmente; simple, claro, sin ninguna molestia; en realidad era delicioso, lo era.
Aquí las observaciones de mi anfitrión se vieron cortadas en seco por otra serie de alaridos de la misma clase que los que anteriormente nos habían desconcertado.Esta vez, sin embargo, parecían proceder de personas que se acercaban rápidamente.
-Cielo Santo! -exclamé-. Los locos, sin duda, se han escapado.
-Me temo mucho que así sea-contestó monsieur Maillard, poniéndose muy pálido. Apenas había concluido la frase, cuando fuertes gritos e imprecaciones se oyeron bajo las ventanas; e inmediatamente después, se hizo evidente que algunas personas, fuera, se estaban esforzando por ganar la entrada a la habitación. La puerta fué golpeada, con lo que parecía ser una mandarria, y los cierres fueron arrancados y lanzados con una violencia prodigiosa.
Una escena de la más terrible confusión sobrevino. Monsieur Maillard, con gran asombro mio, se arrojó debajo del aparador. Yo esperaba más resolución de parte suya. Los miembros de la orquesta, que durante los últimos quince minutos habían estado, al parecer, demasiado intoxicados para cumplir su oficio, todos a una, se pusieron en pié y se lanzaron sobre sus instrumentos, y trepando a su mesa, rompieron con un acorde a tocar el Yankee Boodle, que ejecutaron, si no exactamente a tono, a lo menos con una energía sobrehumana, durante todo el tumulto.
Mientras tanto, sobre la mesa de comer principal, entre las botellas y los vasos, brincó el caballero a quien, con tanta dificultad, se habia impedido brincar antes. Tan pronto como se instaló, empezó un discurso, que sin duda, hubiese sido muy bonito si se le hubiera podido oir. Al mismo tiempo, el hombre con la predilección por el trompo, empezó a girar alrededor del cuarto, con una energía enorme, y con los brazos extendidos en ángulo recto con su cuerpo; de tal manera que tenía todo el aspecto de un peón de verdad, y derribaba a todo el que se cruzaba en su camino. Y, además, al oír un increíble ruido de descorchar y burbujear el champán, descubrí, a distancia, que procedía de la persona que actuaba de botella, de aquella deliciosa bebida, durante la cena. Y después, el hombre rana cantó como si la salvación de su alma dependiese de cada ntoa que emitía. Y en medio de todo esto, el continuo rebuzno de un burro se sobrepuso a todo. Con respecto a mi vieja amiga, la señora Joyeuse, pude realmente haber llorado por la pobre, parecía estar tan terriblemente perpleja!
Todo lo que hizo, sin embargo, fué estar de pie en un rincón, al lado de la chimenea, y cantar sin cesar a toda voz:"ki-ki-ki-ki"
Y ahora llegó el colmo, la catástrofe del drama. Como, aparte de los gritos, de los alaridos y del cacareo, no se ofrecía ninguna resistencia a los abusos del grupo de fuera, las diez ventanas fueron rotas con gran rapidez y casi simultáneamente. Pero jamás olvidaré las sensaciones de asombro y de terror que sentí, cuando, saltando a través de estas ventanas y sobre nuestro revoltijo, luchando, pateando, arañando y aullando, irrumpió allí un perfecto ejercito, que yo tomé por chimpancés, orangutanes o grandes mandriles negros del cabo de Buena Esperanza.
Recibí una paliza terrible, después de lo cual, rodé debajo de un sofá y permanecí quieto. Después de estarme allí echado unos quince minutos, durante cuyo tiempo, sin embargo, escuché con todo mi oído lo que ocurría en el cuarto, caí en el desenlace satisfactorio de esta tragedia. Monsieur Maillard, parece ser, al contarme la historia del loco que había excitado a los camaradas a la rebelión, se había limitado a relatar sus propias hazañas. Este caballero, en realidad, había sido, unos dos o tres años antes, director del establecimiento; pero habíendose vuelto loco, se convirtió a su vez en enfermo. Este sucedido era desconocido para el compañero de viaje que me presentó a él.
Los guardianes, en número de diez, súbitamente vencidos fueron bien untados de alquitrán, después emplumados cuidadosamente, y encerrados de esta manera durante más de un mes, durante cuyo tiempo monsieur Maillard les había concedido generosamente, no solamente las plumas y el alquitrán (que constituían su sistema), sino también algo de pan y agua abundante. Esta última se les echaba encima a chorros todos los días. Por fin, uno que se escapó por una alcantarilla dió suelta a todos los demás.
El "sistema dulzura", con modificaciones importantes, se ha reanudado en el Chateau; sin embargo, no puedo evitar el estar de acuerdo con Monsieur Maillard, en que su propio tratamiento era uno de los principales en su clase.
Como hizo observar, era "simple, claro, y no daba ninguna molestia, ni la más mínima".
Sólo tengo que agregar que, a pesar de haber buscado en todas las librerías de Europa los trabajos del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, hasta hoy, he fracasado completamente en mis esfuerzos por conseguir un ejemplar.

viernes, 13 de mayo de 2011

El diamante del carácter

Cae desde los ojos sin parar
lo que no es ojo, no es visión lo que no tiene sustancia,
lo que no es voz, no es palabra, no es beso, desde el centro
que no fue amor, no fue paz, no es propio.
Como cuando viene el tiempo de las flores
cae lo que no es suyo de verdad,
caen los pétalos de colores,
y al igual que todos esos descensos quiero que
vengan a mi rostro, mis arrugas del dolor,
cruzando los nacimientos,
rompiendo la tristeza, el engaño, los insultos duros,
rompiendo el pelo abierto negro:¡Ven, pureza blanca!
molde de la belleza ahora que aparta la llama del fuego de la juventud.

Quiero escoger el diamante del carácter.

Kabita Sinha,fué la primer feminista de la poesía bengalí

jueves, 12 de mayo de 2011

Trastornos en la primera infancia

Como resultado de un estudio realizado en el año 1995 se observó que casi el 80% de los niños con fracaso escolar habían tenido trastornos en la primera infancia.
Estos trastornos reflejan los recursos de los que dispone el lactante para expresarse:
1)a través de su cuerpo, en dos esferas esenciales.
La esfera digestiva (anorexia, bulimia, estreñimiento, cólicos, etc) estableciendo un vínculo entre estos trastornos y la forma en que se habla de las adquisiciones escolares: un niño devora un libro, a otro le asquea la lectura. Un niño está harto y no tiene ninguna gana de asimilar una lectura que digiere mal.
Los trastornos del sueño traicionan el funcionamiento psíquico, el olvido de los sueños al olvido de las lecciones y las pesadillas se asocian con cuentos fantásticos y peliculas de terror.

martes, 10 de mayo de 2011

Expresa tu opinión

Sabiendo que es tú verdad y no la verdad
ejercicio que requiere práctica
sin ser afectado
generando mínimas expectativas
con especial interés en la liviandad,
revisando prejuicios, moldes, rigidez.
La expresión es un derecho y una libertad, se sostiene como beneficio individual, relacional y social.
El medio está preparado? Abonado?
Lo que genera ira, violencia, lucha no es conocer otra verdad, otra posición
sino imponer como única verdad, única razón.
En un mundo con multiplicidad de opiniones y verdades y aún así aunque sea posible "una verdad" convendría asentuar en las diferencias para ampliar nuestras perspectivas y el reconocimiento de otro
invitando a la calma
mientras que elijo dejar atrás esta "lucha de egos" que ilusiona erróneamente.

lunes, 9 de mayo de 2011

Entrar y salir

Jugando a esconderte
de tí, de mí, de los otros
creyendo en la ilusión de ser así
la verdad, tu realidad.
Aparece el observador
que todo lo vé
que nada lo vé
atrapado en la carcel de creencias e imágenes
vividas, teñidas.
Jugando a vivir
entre el destino, la incertidumbre, el ego.
Entrar y salir...

sábado, 7 de mayo de 2011

Lenta danza

Hace unos años llegó a mis manos una inspiradora poesía de vida.
Acerca del autor, una joven que a los 17 años y a pocos días de escribirla a causa de una enfermedad terminal dejó su cuerpo.

Has visto alguna vez a los chicos en una calesita?
O escuchado la lluvia caer sobre el suelo?
Alguna vez has seguido el vuelo errático de una mariposa?
Debes calmarte, no dances tan rápido, el tiempo es corto. La música no durará.

Corres cada día? Cuando preguntas Como estas, escuchas la respuesta?
Cuando el día termina, te acuestas con las siguientes cien tareas corriendo en tu cabeza?
Debes calmarte, no dances tan rápido, el tiempo es corto. La música no durará.

Has hablado con tu hijo, y en tu prisa no viste su tristeza?
Has perdido alguna vez contacto y dejado morir una buena amistad porque nunca has tenido tiempo de llamar y decir Hola?
Debes calmarate, no dances tan rápido, el tiempo es corto. La música no durará.

Cuando corres tan rápido para llegar a algún lado, pierdes la mitad de lo interesante de llegar allí.
Cuando te preocupas y corres a través de tu día es como un regalo sin abrir, tirado a la basura.
La vida no es una carrera, vívela más tranquilo.
Escucha la música, antes que la canción termine.
Anónimo

miércoles, 4 de mayo de 2011

Regalo de Paz. Ejercicio de Silencio

Puedes poner una música suave si lo prefieres,
deja la mirada suave en un punto, no es necesario cerrar los ojos.
Ponte en una actitud cómoda, relaja las piernas, las manos y los brazos.
Inspira con profundidad y deja el cuerpo relajado.
Enfoca tu atención hacia el interior del ser, en el centro de la frente
ahí donde generas pensamientos.
Visualiza y proyecta el pensamiento de la libertad...
Soy un ser libre, suelto aquello que me une o ata, las personas, las propiedades, los objetos, todo aquello de lo que me fuí llenando.
Me siento libre, más allá del mundo del sonido,
entro en un espacio de paz y silencio.
Una energía de amor me acoge, y ese amor
inunda mi ser, lo tranquiliza y todas las tensiones
se disuelven; permito que disuelva bloqueos,
nudos, tensión interna.
Soy un ser de Paz y conecto con esta energía de paz y amor
que me protege y me dá seguridad interna, todo irá bien.
Soy un ser de paz, mantengo mi mente enfocada
y relajada.
Me dispongo a entrar de nuevo a la acción,
conciente de este momento
dandome este regalo de paz.
Soy un ser de Paz. Om shanti

iniciativa Coherencia Global y Gregg Braden 1de4

http://www.youtube.com/watch?v=tBXJGRyuz7w&feature=share

martes, 3 de mayo de 2011

Amando

En tu ausencia te traigo hacia mí
inquieta, extraño tu sombra
sabiendo que en ella puedo confiarme.
Asaltan inseguridades
al descubrir que la llama
puede apagarse.
En busca del alimento
invade el temor, paralizandome.
Me animo a gritarlo
emergen sonrisas
nombro palabras
reviso imágenes
seco lagrimas
añorando el encuentro
siendo el amor eterno,
recreado.

lunes, 2 de mayo de 2011

Amenazados














Debemos corregir esta apreciación,
el poder siempre superará a la fuerza,
la oscuridad no puede eliminar la luz.
Al haber perdido confianza hemos desarrollado inseguridad y
hemos perdido poder y el fracaso da pié a esta experiencia de sentirte amenazado.
Confiar en nosotros mismos, confiar en la apertura del corazón.
La confianza fué abandonada, debemos recuperarla.
Cuando conectamos con el poder del Alma como victoriosa, toda la inseguridad se esfumará y la seguridad será capaz de entrar a tu vida.

El actual imperio de la ausencia por Vicente Verdú

Ordenando documentos me reencontré con un articulo de este pensador actual publicado en El País el 26 de noviembre de 2007(sección opinion pag 33) y sólo a modo de breve resumen destacaré algunos puntos invitando a la reflexión y en su defecto leer el articulo en su totalidad:

"Otros tiempos se representan, hoy la patología psíquica tiene en su centro la depresión, la asíntota cero de la ilusión o del proyecto.
La falta, el vacío, la vaciedad, todo esto se reúne en una atmófera de ausencia que, como una angustia fina, recubre la actualidad del espacio y ralentiza la acción.
Todo sentimiento de ausencia se parece a un duelo. La sensación actual de ausencia se relaciona con la condición de la politica, la banalización del sexo, la indiferencia del arte, la trivialización general del saber.
Sin fuertes elementos de referencia no sabemos, efectivamente a qué atenernos pero también nos libramos de aquellos elementos macizos y graves capaces de laminarnos.
Podemos sentirnos multitudinariamente comunicados, pero basta un clic para provocar la desaparición de lo presente y obtener la sensación de haber abandonado parte del mundo o haber elegido su disipación. Esta facilidad que cruza de lo presente a lo ausente y de lo importante a lo más trivial, se corresponde con la escasa densidad de la presencia.
El grado de disponibilidad para cambiar la presencia por la ausencia de prejuicios, fidelidades, hábitos o lealtades, define el carácter imperante en nuestros tiempos. La facilidad del cambio, la facilidad de las transferencias, reconversiones, destrucciones y restauraciones, expanden el efecto y la autoridad de las ausencias..."